Los siete pecados capitales

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La infancia es una etapa de la vida que transcurre muy lentamente y que nos acompaña como una sombra toda nuestra existencia y nos va modelando, en la medida que nuestros genes lo permiten. Por muy malvados que sean nuestros padres y preceptores, siempre intentarán guiarnos por el camino de la virtud, nos mostrarán la importancia de las Virtudes Cardinales y Teologales, así como vencer los siete Pecados Capitales.

Con el tiempo había ido olvidando estas enseñanzas, seguramente porque no me han sido de utilidad. Para escribir este relato tuve que recurrir a Google y teclear: virtudes cardinales, eligiendo la opción voy a tener suerte. El sabio buscador me llevó a una página web donde se explican con todo detalle los conceptos de virtud, e incluso se dan algunos detalles de los pecados (no entraban en detalle sobre la lujuria, por falta de experiencia o por pudor).

En las enseñanzas de las monjas, se hacía hincapié en los pecados capitales o en las virtudes que los combaten, según su facilidad de explicación, pero creándote un sentimiento de culpa permanente en el que la autoestima tendía peligrosamente hacia cero.

En este ambiente de valle de lágrimas lleno de pecadores, la soberbia era considerada como una lepra del alma. Yo me enteré a los seis años que era portadora de ella al recibir un guantazo en la cara acompañado de: "esta niña es muy soberbia". No sabía muy bien lo que era, pero comprendí que la tenía y que no estaba muy bien vista, pero al desconocer en qué consistía, me resultaba muy difícil corregirme, por lo que seguí cosechando bofetones y coscorrones hasta que un día me explicaron que la humildad es la virtud que combate la soberbia.


La avaricia, cuando no se tiene nada es difícil de comprender. En este caso se explicaba mejor la virtud que la vence, la generosidad, que consistía en ilustraciones de un niño mas bien pijo que en una actitud soberbia daba una moneda a un niño andrajoso en una actitud humilde. Esta segunda enseñanza no tenía desperdicio: no se podía ser pobre y soberbio, de esta forma descubrí que existe la injusticia y que no es pecado Capital.

En la lujuria no se entraba en detalles, se recurría a la virtud de la castidad que es una virtud pasiva, cuanto menos haces de algo que no se sabe muy bien qué es, eres mas virtuoso. El problema es que si no te explican muy bien lo que es ese algo puedes caer en la pereza, que es otro pecado capital al que vence la diligencia, entendiendo por tal una actitud activa hacia el esfuerzo y no a un transporte del Lejano Oeste de los Estados Unidos.

La ira no hacía falta que nos la explicaran, se aprendía mediante la práctica, porque se ejercía de forma cotidiana en forma de bofetón. Esto era consecuencia de que la paciencia tenía un límite y que se sobrepasaba antes del Ángelus.

La gula era imposible de explicar: ¿cómo era posible considerar un placer la comida que nos daban? De la misma manera era difícil concebir la templanza como virtud, ya que no tenía ningún mérito dejar de comer y además estaba duramente castigado.

La envidia, el pecado más extendido, se fomentaba con la competitividad. Continuamente se ensalzaba a los más listos, más buenos, más píos... para envidia de los demás. Como los ensalzados solían ser los más pelotas y chivatos era difícil ejercer la virtud de la caridad, siendo el pelotón un atajo de envidiosos.

La experiencia me ha enseñado que mientras no molestes ni perjudiques al prójimo, lo que hagas está bien y si además le ayudas es para nota. No hay cosa peor que ir a lo tuyo avasallando, aunque seas muy diligente, casto y comas como un pajarito.


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