La senda del mal

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En un momento de mi vida, cuando tenía trece años, me encontré en la encrucijada de elegir si quería ser buena o, si por el contrario, elegía el camino del mal. Hasta ese momento no había sentido esa necesidad pero algo me empujaba a tomar una decisión. Aún no conocía la frase de Mae West: Las chicas buenas van al cielo y las otras a todas partes.

En aquella época estudiaba 4º de bachiller, que era el curso en el que se realizaba la primera reválida en el Instituto(1). En la clase había muchas repetidoras víctimas del filtro del Instituto, que eran mayores y en esa edad se notan mucho las diferencias entre las chicas. Era la de menor edad(2), me veía un poco infantil frente a mis compañeras y sentía la necesidad de cambiar no sabía hacia dónde.

Un día me encontré diciendo una palabrota y me quedé sorprendida de que hubiera salido por mi boca semejante expresión. Pensé que era el momento de dar el segundo paso y éste fue iniciarme en el tabaco. Me distancié de mis amigas de la infancia y empecé a frecuentar a las chicas que fumaban. Recuerdo el primer día que me fumé un cigarro; era negro; de marca Rex; estábamos en los baños de la primera planta del colegio y mi cara adquirió el blanco color del alicatado. No sentía las piernas y todo mi cuerpo era una náusea indescriptible. Me repuse al cabo de un rato y pensé lo duro que era el camino del mal, pero mi determinación era firme en continuar por esa senda.

Pasó el tiempo y me acostumbré a los efectos del tabaco, pero el camino estaba lleno de complicaciones. Fumar era una actividad clandestina en el internado. Los baños no eran una zona segura y había que buscar nuevos escondites. Encontramos dos sitios escatológicos(3), uno de ellos era la vaquería(4), lugar sumamente arriesgado por los astados animales y un poco desagradable por el olor a estiércol, pero como contrapartida anulaba cualquier vestigio de olor a tabaco. El otro lugar era la buhardilla que estaba encima de la Capilla, lo que nos permitía fumar mientras las monjas rezaban sin posibilidad de pillarnos in fraganti.

La clandestinidad no era el único problema, pronto empezaron los problemas económicos ya que el dinero que teníamos para el autobús que nos llevaba a casa los fines de semana nos lo fumábamos. Esta carencia nos llevó al siguiente paso de perversión: hacer autostop. Esta actividad entrañaba otros peligros ya que los que nos paraban, que siempre eran hombres, malpensaban que íbamos buscando algo más que transporte gratis. Nuestros ángeles de la guarda tuvieron que hacer horas extras para que no nos pasara nada, y aunque tuvimos algún incidente desagradable, salimos del paso indemnes.

En aquel entonces, en mi inocencia, creía que había alcanzado las más altas cimas de la maldad. Ahora muchos años después veo que elegí abandonar la autopista cómoda de la vida, eligiendo un camino alternativo a lo establecido, lleno de aventuras y riesgos. Sin saberlo, fue mi primer ejercicio de libre albedrío y desde entonces no he dejado de tener sed de libertad.




(1) Esta prueba de madurez, que se eliminó en la EGB y en la ESO, volverá a implantarse para mejorar la calidad de la enseñanza en España. No sé si se mejorará la calidad, pero en aquella época se medía por el mismo rasero a los estudiantes de los colegios elitistas y a los de otras enseñanzas más modestas y lo niños ricos caían como chinches en esta reválida.

(2) Nací en la nochevieja y el requisito de edad para realizar el curso estaba relacionado con los años que cumplías antes de fin de año.

(3) La escatología en sus dos acepciones: la de excrementos y la del más allá.

(4) Aunque parezca mentira teníamos vacas, se supone que para consumo propio, pero todas sospechábamos que las monjas vendían la leche y a nosotras nos daban leche en polvo.


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