La foto

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Tenía siete años cuando me hicieron esta foto. Había venido un fotógrafo para hacer unas fotos oficiales y las monjas permitieron que las que quisieran hacerse fotos, a título personal, podrían hacérselas. Aunque era consciente de que no había sido agraciada con los dones de la belleza, quise hacerme una foto con la esperanza de salir aceptable. La verdad es que mi optimismo era mucho, ya que por aquel entonces era un amasijo de huesos cubiertos por una piel cetrina y áspera, con las rodillas como un Santo Cristo(1) en las que iban apilándose las pústulas de mis sucesivas caídas, la cabeza rematada con un pelo marrón grisáceo, sin brillo, que llevaba corto con un flequillo a media frente(2). De aquella época sólo recuerdo que destacaban unos ojos expresivos que llevaba siempre muy abiertos para no perder detalle.

Con el ansia de hacerme la foto, busqué a mi hermana para que me la pagase, ya que ella administraba el dinero de las dos, pero se negó en redondo. De nada sirvió mi insistencia, que derivó en llanto silencioso para pasar a otro más estruendoso, pero su corazón era insensible a mis súplicas.

Allí quedé en el pasillo, mohína, entre un mar de llanto que se confundía con los mocos que empezaban a brotar de mi nariz, abandonada por mi hermana que se marchó aburrida de oír mis lamentos. De esta guisa, cual dolorosa con siete puñales atravesados en mi corazón de siete años, me encontró el fotógrafo y el hombre, de buen corazón, me preguntó qué me pasaba. No podía articular las palabras, que salían entrecortadas entre el hipo del llanto y la emoción de que alguien se interesase por mí. Cuando conseguí explicarle el motivo de mi desdicha, el hombre me limpió los mocos, me sentó en el alféizar de una ventana, me colocó las manos sobre las rodillas y me fotografió. Conservo como oro en paño la foto de este buen samaritano, en la que se aprecia al fondo una gran ventana con rejas y en el alféizar una niña sentada con un uniforme oscuro, una camisa blanca, un flequillo a media frente y unos ojos vidriosos por el llanto pero con una media sonrisa por la satisfacción de lograr un deseo, algo parecido al arco iris.

Ese día conocí, a tan temprana edad, la tiranía de los que impiden que se hagan realidad los deseos de los otros, imponiendo su criterio con excusas, pero también descubrí que existen personas a las que les gusta ayudar a los demás para alcanzar sus anhelos. Desde aquel día decidí ser del segundo grupo.




(1) Esta expresión me la decía mucho mi madre.

(2) No llevaba gafas, por lo que no puedo decir que fuera como Betty la fea.

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