El rosario de la aurora

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Cuando llegaba la primavera a Madrid y madrugaba para ir a trabajar, me debatía entre una sensación de bienestar y el aciago presagio de la jornada laboral. La suave brisa de la mañana que como una caricia me envolvía trayendo el aroma de las flores y el canto de los pájaros, me llenaba de alegría, pero de camino a la oficina esta sensación se iría diluyendo como un azucarillo en el café, desapareciendo por completo entre el fluido negro y amargo de la cruda realidad.

En este breve intervalo de felicidad, venía a mi memoria el rosario de la aurora que cantábamos algunos días del mes de mayo, siendo uno de ellos el día 13 en el que se celebra la Virgen de Fátima. Ese día entonábamos aquello tan pío:

 Las modas arrastran al fuego infernal,
 vestid con decencia si os queréis salvar

Lo coreábamos sabiendo que el fin de semana nos pondríamos la minifalda, tan de moda en esos tiempos, a sabiendas del castigo divino que nos esperaba. Aunque la expresión "aquello terminó como el rosario de la aurora" es equivalente a decir "acabó en gresca o a golpes", nuestros rosarios al alba eran de lo más apacible, salvo por un pequeño detalle que paso a describir.

El colegio estaba situado en la cima de un montículo al que se podía acceder por diversos caminos desde la entrada. El rosario se iniciaba en la capilla; salíamos en dos filas paralelas(1) que discurrían por uno de los caminos, cuajado de lilos(2), cuyo color y aroma no he podido aún olvidar.

Las Ave Marías que cantábamos, las difundía la brisa de la primavera con olor a lilas. En ese entorno todo era paz espiritual hasta que nos tropezábamos con un inmensa fila de orugas procesionarias procedentes de los pinos. Los animalitos, fieles a su instinto, formaban perfectas hileras sin precisar de ninguna monja-oruga que les corrigiese el paso, como era menester en nuestras filas de madrugadoras niñas cantoras. El choque de procesiones entre distintas especies se saldaba con una victoria aplastante por nuestra parte, las tiernas infantas, que rompíamos nuestra formación en columna de a dos para proceder a pisar cuantas más orugas mejor dejando la hilera de procesionarias fraccionada en múltiples segmentos.

Cuando finalizaba el rosario, nos recogíamos en la capilla tan formalitas con nuestro velo y con alguna oruga pegada en la suela de nuestro zapato. El olor a cera, incienso y flores de la iglesia compensaba el tufillo a azufre de nuestros corazones.



(1) ¡Cuánto les gustaba a las monjas que desfilásemos de forma cuasi militar y qué poco interesadas estábamos en darles el gusto!.

(2) Arbusto oleáceo cuya flor es la lila.


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