El frio

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Una vez que el hambre pasó a ser una compañera habitual, vino el frío a incrementar mi círculo de amistades. Llegaba en octubre y no se marchaba hasta febrero. Contra el frío no servían las estrategias para escapar de las legumbres, ni la solidaridad, ni la negociación, ni la picaresca. Menos mal que Dios aprieta pero no ahoga; existían las camisetas de la Camerana y gracias a ellas casi pude hacer vida normal.

La camiseta de la Camerana era un escudo térmico que me proporcionaba el calor necesario para no caer en el letargo. Sin embargo, las partes del cuerpo que no cubría sufrían las inclemencias del tiempo. La piel de mi cara, mis manos y mis piernas se tornó dura y de una textura entre pez y lagarto, llena de escamas. Ese letargo ante el frío y esa piel escamada delataban que mis secuencias de ADN tenían mucho que ver con las lagartijas.

Como buena lagartija era inquieta y me metía por todos los rincones pero lo que más me gustaba era buscar el sol en el patio del colegio. Cuando Lorenzo brillaba, me sentaba en unos tubos de hormigón que había apoyados en una pared soleada y era capaz de pasarme todo el recreo sin pestañear absorbiendo sus rayos mientras mis amigas se divertían jugando. Allí empezó mi adoración al dios sol que pasados los años derivó en mi afición a tomarlo vuelta y vuelta en la playa.

Dentro del colegio el frío era omnipresente. Allí no llegaban los rayos de sol, excepto a una zona de paso acristalada que llamábamos la canariera. El edificio era decimonónico, de techos altísimos y de salas de grandes dimensiones: El comedor; las clases; las salas de estudio; la sala de música; los dormitorios; los roperos... No había forma de escapar del frío salvo en el cuarto de calderas en el que nos escondíamos aunque estaba prohibido. Nos recordaba a las cocinas de las casas normales en las que reinaba el calor y aprovechábamos para tostar pan y matar el hambre a la vez.

Al caer el sol el frío nos acompañaba hasta los dormitorios bautizados con nombres como Santo Ángel, Santa Luisa, San Joaquín, etc. y cada uno albergaba casi medio centenar de camas. No eran precisamente un lugar cálido ni íntimo para conciliar el sueño. Estaba prohibido hablar en ellos pero se nos olvidaba continuamente. Cuando la monja que estaba de guardia detectaba un rumor de conversaciones abría la puerta de sopetón y decía: ¡Santo Ángel, al pasillo! y allí íbamos las charlatanas a sufrir un plantón de media hora en camisón en el pasillo helado y ¡sin la camiseta de la Camerana!

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